martes 3 de noviembre de 2009

Una historia de Halloween

El suceso que voy a relatar es verídico. Ayer, 2 de noviembre, día de difuntos, comía con unos amigos. Sin venir a cuento, como sucede muchas veces en el transcurso de una conversación, alguien me preguntó por Francisco Ayala, si yo sabía cómo estaba, si todavía escribía a pesar de su edad. Otro comensal se sorprendió al enterarse de que Ayala aún vivía. Entonces yo dije que a mí me había pasado lo mismo con Lévi-Strauss: que creí que había muerto hacía mucho y que me había sorprendido enterarme que todavía estaba vivo (lo supe gracias a un premio que le dieron hace poco en Barcelona).

Ambos, Ayala y Lévi Strauss han fallecido en menos de 48 horas después de la conversación.

La cuestión es que mencionamos a un tercero en semejantes circunstancias. Una tercera persona manifestó una sorpresa análoga cuando supo que el filósofo Jürgen Habermas (de 80 años) seguía con vida. Como en breve se muera, me voy a sentir cómplice de uno de los asesinatos múltiples de intelectuales más grave de los últimos tiempos.



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martes 4 de agosto de 2009

El basurero taimado

Anoche estaba demorando bajar la basura, cuando oí que pasaba el camión. Miré el reloj del horno y vi que eran casi las once y media de la noche: había creído que era más temprano. Rápidamente cogí las dos bolsas (habíamos estado haciendo limpieza casi hasta ese mismo momento) y me lancé a la calle. Para cuando llegué, el camión ya estaba bajando el contenedor con sus grandes brazos mecánicos después de haber volcado su contenido en la caja. Aun previendo que el conductor me pondría mala cara, levanté ambos brazos con las bolsas, como dándole a entender entre el estruendo del camión si podía hacer algo. Me asintió amable con la cabeza. Le hice un gesto de si echaba la basura al contendor o qué (no me veía tratando de encestar en el camión mismo, cuya boca vi demasiado alta). Volvió a asentir. Así que eché la basura en el contenedor y luego hice un último gesto para agradecer al conductor su gentileza. Nuevo asentimiento por su parte.

Me sentía pleno de emoción cívica y una cierta ilusión infantil: el contenedor iba a alzarse de nuevo, casi solemne, tan sólo para recoger mis dos bolsas. Pero apenas los brazos apresaron otra vez el contenedor y apenas éste comenzaba a estremecerse, volvieron a soltarse y el camión prosiguió su camino.

Supongo que el conductor pensó que me había marchado, que no me quedaría a ver la operación completa. Pero, ¿por qué la inició? ¿Por qué no se marchó sin más después de que yo tiré la basura y volvió a coger el contenedor con los brazos mecánicos? ¿Pretendió con ese simulacro mínimo que yo me sintiera bien? ¿Pretendió quedar bien él?

Rafael, desde el balcón, fue testigo de todo y se quedó tan asombrado como yo.

domingo 15 de marzo de 2009

Urgencias poligoneras

Ayer salíamos de casa a eso de las cinco, con un sol como para empezar ya a tomar en serio, cuando yo divisé a lo lejos, en sentido contrario hacia donde íbamos, nítido en la luz de la sobremesa, lo que tenía todas las trazas de ser una pava sujetando por las axilas a un tordo que se le caía, a la manera de la Piedad Rondanini, salvando las distancias. Rafael, siempre más decidido que yo en las cuestiones prácticas o solidarias, echó a correr de inmediato para ver si necesitaban ayuda. Para cuando me acerqué yo, la chica, de aspecto indudablemente poligonero, de unos diecisiete o dieciocho años, estaba pidiendo que llamáramos a una ambulancia y el chico (ídem, diecinueve años, respondía -a duras penas- al nombre de Fran) yacía ya en el suelo y se convulsionaba legato, sin estridencias. Marqué el 112. Tras varios rodeos algo absurdos y fríos, que imagino son un protocolo de filtro para disuadir a aprensivos o bromistas, me derivaron al 061 quienes enviaron una ambulancia que llegó al cuarto de hora más o menos. A continuación, algunos datos y episodios de interés:

A pesar de que el chico se había desplomado de súbito y estaba semiinconsciente, la chica no parecía muy alterada por la situación ni con trazas de hacer nada. Daba la impresión de que si no hubiéramos pasado nosotros podrían haberse tirado allí horas. Hasta que se lo dijo Rafael (quien incluso le trajo agua de casa), a la tía no se le ocurrió ni ponerse de manera que le tapara el sol.

La chica al parecer ya había intentado pedir algún tipo de ayuda desde su móvil, pero según parecele habían cortado sin hacerle caso. Luego fuimos comprendiendo por qué.

La chica tenía una cantidad consignable de pelo en las tetas, que asomaban tras de un escote generoso.

El único empeño de la chica, contraviniendo todos los principios elementales de los primeros auxilios, era levantarlo a toda costa, a empellones. Parecía seguir el razonamiento: de pie=bueno, tumbado-suelo=malo, luego de pie. Rafael la convenció de que lo dejara en el suelo hasta que llegara la ambulancia.

JOSÉ MANUEL (al operador del 061): Está con una acompañante.
CHICA: ¡soy su novia! [...]
061 (teléfono): ¿Tiene alguna enfermedad?
JOSÉ MANUEL repite la pregunta a la chica
CHICA: Noo.
(Minutos después de haber colgado JOSÉ MANUEL, tras un silencio)
CHICA: Una vez le dio una cosa en el corazón que tuvieron que ir al hospital. Y el médico le dijo a su madre que si le daba otra vez había que cogerlo a tiempo y llevárselo proonto.
JOSÉ MANUEL: ?! [...]
MÉDICO DEL 061, AL LLEGAR: ¿Ha tomado alguna sustancia?
CHICA: ¡Claro! Macarrone con tomate ca mi cuñá.
MÉDICO DEL 061: ¿Tiene alguna enfermedad?
CHICA: Noo.
JOSÉ MANUEL: ¡¡Pero dile lo que me has dicho a mí del corazón!!

A saber lo que entendía la pava por "enfermedad". Verla jugar al Scatergories tiene que ser un espectáculo.

Los médicos, tras tomarle el pulso y reconocerlo, no parecieron especialmente preocupados ni presurosos, lo que parece indicar que no era nada grave a priori. Nunca sabremos lo que le dio al chico. Probablemente tomó algo más que macarrones con tomate en casa de su cuñada.

MORALEJA: Algún día, tendrán hijos a los que críar y educar... O llevarlos a urgencias.

martes 10 de marzo de 2009

Dormir, tal vez roncar

Una de las discusiones triviales más irritantes entre mis padres se produce porque en la siesta (que la hacen siempre en los sillones del salón, con la tele puesta) mi padre ronca, y cuando mi madre le dice algo -porque a veces ni la tele se oye-, él lo niega; niega incluso estar durmiendo. Siempre pensé que lo hacía por una mezcla de dignidad o coquetería y por chinchar a mi madre. Sin embargo, ahora sé lo que ocurre.

Yo ronco a veces. No me gusta pero es así. Tienes que dormir con alguien para descubrirlo. Pero lo curioso del caso es que he descubierto que todas las veces que ronco yo no creo estar dormido sino aún tratando de dormirme. Por eso las primeras veces que Rafael me decía que estaba roncando yo lo negaba diciéndole que no estaba ni dormido. Exactamente igual que mi padre le dice a mi madre: lo que creíamos el colmo de la desfachatez era su percepción real.

No sé si esto tiene algún tipo de base científica, pero está claro que, al menos en mi caso y el de mi padre, roncar se asocia a una fase ligera del sueño. Ya he aprendido, de hecho, a descubrir, despertándome de veras, que no estaba dormido y que roncaba -y he llegado a oír como un lejano trueno onírico, el final de mi ronquido.

-¿A que estaba roncando?
-Sí, roncabas.

Al revés que mi padre.

jueves 23 de octubre de 2008

Viaje al pasado

He descubierto que Gmail permite archivar correos aparte de la bandeja de "recibidos": que ésta, en el fondo, no es sino una "etiqueta" que llevan los correos y que, al borrarla, no se pierden (están en la carpeta "todo"): el Mediterráneo. El caso es que he decidido acometer la ímproba tarea de dejar vacío el buzón de entrada, para que me sirva de gestor, no sólo de correos, sino también de tareas, gracias a un complemento de Firefox inventado por un bendito anónimo (cosas de los que pertenecemos a la secta del GTD).

Sea como fuere: el caso es que me he liado a almacenar y borrar correos, y, de repente, ha sido como ir retrocediendo paulatinamente en el tiempo a un pasado que, aunque reciente, de pronto se me antoja muy lejano: el viaje al Reino Unido, la tesis, la revisión del trabajo de Marta, convocatorias cotidianas... Y no he concluido, o sea que la cosa irá a más. Cuánto tiempo, cuánta actividad realizamos, afanosa, cotidiana, inútil, fundamental (en ese momento)... ¿Adónde va a parar todo eso? Al menos, Gmail y su asombrosa capacidad de almacenaje ha sido testigo.

jueves 9 de octubre de 2008

Alucinante

En alguna ocasión he hablado de ciertas percepciones extrañas que me ocurren mientras duermo y que no parecen sueños. A veces me llegan a preocupar, aunque por otra parte son un excelente tema de conversación en una sobremesa con amigos. Gracias a la entrada de una bloguera verdadaderamente peculiar, supe que lo que me pasa quizá sea un fenómeno denominado alucinaciones hipnagógicas o hipnopómpicas. Pensé que cuando no durmiera solo ,acaso se me pasarían, pero han persistido, ahora con un testigo que las sufre.

Ejemplos (contados por Rafael, yo luego no recuerdo nada): Durante las vacaciones que pasamos en Londres, teníamos una habitación triple, esto es, con una cama de matrimonio, y otra más. Entonces, le pregunto: ¿Pero quién hay durmiendo en la otra cama?

Otra noche, ya aquí, lo despierto preguntándole: ¿qué pasa? El tono no es del todo amable. Él, al que acabo de despertar y no está en pleno uso de sus facultades, sólo atina a constestar que nada. Yo insito, imperioso: No, algo pasa. Él vuelve a negar. Entonces yo apostillo: No, dime qué estas tramando... (Lo que viene a confirmar el sesgo paranoico de estas experiencias).

Otra noche comienzo a gritar: No, no, no, no... Él (pobre), me tranquiliza, ya está no pasa nada, era sólo un sueño, qué tenías: y yo replico: Un negro, que quería tirame a un pozo... Vaya, un negro, que eras tú (aquí música de clímax de episodio de Dimensión desconocida).

El último ha sido reciente, breve y terrorífico: Despierto a Rafa preguntándole por qué lleva puesta esa máscara negra...

Como una de las causas de las alucinaciones puede ser el dormir con los ojos entreabiertos y que, a poco que haya luz se cuele la realidad en el subconsicente y éste la incluya en sus procesos oníricos, mi amiga Teresa ha tenido el detalle de regalarme un curioso artilugio:


Es cómodo -con algo de lencería ocular- y verdaderamente no deja pasar la luz. Parece práctico, por ejemplo, para un viaje. Veremos.


lunes 6 de octubre de 2008

Investidura

Esta mañana, en la apertura del curso académico 2008-2009, he participado en la ceremonia de investidura de nuevos doctores. Eso significa que me he tenido que poner el traje preceptivo de doctor, salvo el gorro, que he debido llevarlo en la mano hasta que me lo ha impuesto el rector, después de haber realizado el juramento. Aquí dejo unas fotos que ha ido haciendo mi madre, transmutada en intrépida reportera, durante la procesión cívica que se hace desde la Plaza de la Universidad hasta el Hospital Real.

Esta foto le ha quedado a mi madre de auténtica profesional, teniendo en cuenta sobre todo que era la primera vez en su vida que tenía una cámara digital entre sus manos. Ojo a la señora pretendiendo sacar un vídeo.



Gaudeamus igitur!